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sábado, 23 de abril de 2011

Sociedad Mont Pelerin

Sociedad Mont Pelerin

Sociedad Mont Pelerin
Tipo Privado
Fundación 1947
Localización
Dirección Flag of Switzerland.svg Suiza
www.montpelerin.org

La Sociedad Mont Pelerin es una asociación multidisciplinaria creada, en palabras de sus propios fundadores y seguidores, para preservar los derechos humanos amenazados por la difusión de ideologías relativistas y afines a la extensión del poder arbitrario.1 Por sus características puede englobarse dentro de los grupos conocidos muy posteriormente a su creación como think tanks.

Contenido

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Orígenes y miembros resaltantes

En 1947, el profesor Friedrich A. von Hayek convocó a 36 intelectuales, la mayoría economistas, junto con historiadores y filósofos en el Hotel du Parc en la villa de Mont Pelerin, cerca de la ciudad de Montreux, Suiza, para discutir la situación y el posible destino del liberalismo tanto a nivel teórico como en la práctica. El grupo tomó el nombre de Sociedad Mont Pelerin en honor al lugar donde ocurrió este primer encuentro.2 El principal responsable de tan curioso nombre fue el economista norteamericano Frank Knight.

Entre sus miembros más destacados estuvieron Ludwig Erhard creador y conductor del “milagro alemán”; Jacques Rueff, defensor del patrón oro; Friedrich Hayek, autor del conocido libro “Camino de servidumbre” y premio Nóbel de economía en 1974; su mentor el también economista Ludwig von Mises; Walter Lippman, conocido periodista y ensayista; Milton Friedman, premio Nóbel de economía en 1976, consejero de la presidencia norteamericana e inspirador de la Escuela de Chicago; y el filósofo Karl Popper, autor de “La sociedad abierta y sus enemigos”.

También destacan otros economistas ganadores del premio Nóbel como George Stigler (1982), James M. Buchanan (1986), Maurice Allais (1988), Ronald Coase (1991), Gary Becker (1992) y Vernon Smith (2002).

Otros miembros destacados son Henry Simons; el ex-socialista fabiano Walter Lippmann; Sir John Clapham, directivo del Banco de Inglaterra y presidente de la Real Sociedad Británica; Otón de Habsburgo-Lorena, heredero del trono de austrohúngaro; y Max von Thurn und Taxis, jefe de la casa Thurn und Taxis.

Declaración de Principios

Al final de su primera reunión en 1947, los miembros fundadores redactaron una Declaración de Principios en la cual plasmaban su preocupación por los valores de la civilización, los cuales consideraban en peligro debido que para la época grandes porciones del planeta les parecían carentes de las condiciones esenciales para la dignidad humana y la libertad, mientras que en otros estaban bajo constante amenaza debido a las tendencias políticas imperantes. Consideraban que la posición de los individuos y de los grupos voluntarios eran debilitados progresivamente debido a la extensión del poder arbitrario y que las más preciosas posesiones del hombre occidental, como la libertad de pensamiento y de expresión, eran amenazadas por la difusión de credos que, reclamando tolerancia cuando eran minoría, buscan solo establecer una posición de poder desde la cual suprimir todos los puntos de vista excepto el propio.

La Sociedad sostiene que estos acontecimientos fueron fomentados gracias al aumento de una visión de la historia que niega cualquier patrón de moral absoluta y por el auge de teorías que cuestionan la validez del imperio de la ley; también habrían contribuido una caída en la confianza en la propiedad privada y en el libre mercado, sin los cuales el final de la dispersión del poder y la libre iniciativa asociados a estas instituciones harían difícil concebir una sociedad en la cual la libertad pueda ser efectivamente preservada.

Por lo tanto, considerando que lo que esencialmente es un movimiento ideológico, debería aglutinarse por medio de la argumentación intelectual y la reafirmación de los ideales válidos, la sociedad consideró que cualquier estudio adicional debería enfocarse a los siguientes temas:

  • El análisis y exploración de la naturaleza de la presente crisis así como explicar su origen moral y económico.
  • Redefinir las funciones del Estado para poder distinguir más claramente entre un orden totalitario y uno liberal.
  • Definir métodos para restablecer el imperio de la ley y para asegurar su desarrollo de tal manera que los individuos y los grupos no puedan violar la libertad de otros y que los derechos privados no puedan convertirse en la base del poder depredador.
  • La posibilidad de establecer reglas mínimas a través de medios no hostiles a la iniciativa y al funcionamiento del mercado.
  • Definir métodos para combatir el uso indebido de la historia al servicio de credos hostiles a la libertad.
  • El problema de la creación de un orden internacional conducente a salvaguardar la paz y la libertad y que permita el establecimiento de relaciones económicas internacionales armoniosas.

Influencia de la Sociedad en la economía y la política mundiales

Tanto simpatizantes como antagonistas de la Sociedad Mont Pelerin en particular, y del liberalismo en general, han creído encontrar influencias de esta organización en hechos recientes de la historia que habrían tenido repercusiones de alcance mundial.

Por ejemplo, tanto John Blundell, director general del Institute of Economic Affairs de Londres (instituto creado por Anthony Fisher,3 seguidor de las ideas de Hayek), como Ted Wheelwright (izquierdista), del Centro Transnacional de la Universidad de Sydney, dan por sentada la influencia de Anthony Fisher (y por lo tanto de la Sociedad Mont Pelerin y Hayek) sobre el auge del thatcherismo y las ideas liberales en Inglaterra.4 5

Asimismo también es clásico el atribuir a Milton Friedman el haber influenciado con ideas liberales al gobierno de Ronald Reagan.

Sin embargo, otros dudan de la efectividad a largo plazo de la estrategia de Hayek, pues consideran que al haber éste desaconsejado la incursión en la política en favor de la difusión académica de las ideas liberales, se privó al liberalismo de mostrar desde un principio las bondades prácticas de ese ideario llevadas a cabo por políticos liberales, de llegar a alcanzar cargos de gobierno, y que la investigación de temas teóricos liberales vendría por sí solo como consecuencia de ese éxito político.6

eferencias

  1. ↑ Sociedad Mont Pelerin, Declaración de Principios
  2. ↑ En su discurso de apertura, Hayek consideró el nombre de “Sociedad Acton-Toqueville” [1] (nota #2)
  3. ↑ Anthony Fisher, ex piloto de cazas durante la Segunda Guerra Mundial, fue disuadido por Hayek de entrar a la política, ya que según éste la transformación de la sociedad pasaba por convencer a intelectuales, profesores y escritores. Mientras decidía su estrategia, Fisher descubriría en los EEUU la cría industrial de pollos. Como resultado de sus esfuerzos, el precio del pollo cayó precipitadamente en Gran Bretaña. Su viuda, Dorian, comentaría más tarde: «él hizo más que cualquier rey o político para poner un pollo en el plato de cada persona», John Blundell, En el Combate de las Ideas no se pueden tomar atajos, 2004.
  4. ↑ «Al convertirse en Primer Ministro en el verano de 1979, la señora Thatcher le escribió a Fisher: “usted creó la atmósfera de opinión que hizo nuestra victoria posible”. Y algunos años después, en un discurso en ocasión del 30º Aniversario del [Institute of Economic Affairs], la señora Thatcher añadió: “Permítanme decir lo agradecidos que estamos a quienes se unieron a usted en su gran empeño. Ellos eran pocos, pero estaban en lo correcto y salvaron a Gran Bretaña”». John Blundell, En el Combate de las Ideas no se pueden tomar atajos, 2004.
  5. ↑ «Tras su primera elección como primera ministra, Thatcher envió una nota a Harris que decía: “La deuda que tenemos con usted es inmensa”. La gobernante trató de pagar esa deuda condecorando al director del IAE con la Alta Cruz. Por eso Friedman dijo: “Sin el [Institute of Economic Affairs], dudo mucho que hubiera habido una revolución thatcherista”. Thatcher también escribió una carta a Hayek en su cumpleaños número 90, durante su décimo año de mandato, agradeciéndole por su liderazgo e inspiración». Ted Wheelwright, Cómo triunfó la ideología neoliberal, 1999 [2].
  6. ↑ «Aspirar al éxito político para el liberalismo clásico sólo en base a la Economía austríaca es irrealista. Sin embargo, y con pocas excepciones, con mucho de ese irrealismo viven las Fundaciones e instituciones asociadas al liberalismo clásico, comenzando por la más célebre de todas, la Sociedad Mont Pelerin... ¿Por qué? En buena parte porque muchas de ellas ... siguen el desafortunado consejo de Hayek, un genio sin duda, pero equivocado entonces al recomendar esfuerzos intelectuales y académicos y desalentar emprendimientos políticos... Pero, ¿imagina Ud. cómo hubiera sido el mundo en los últimos 100 años, si Lenin en 1913 hayekianamente hubiese aconsejado a sus seguidores no dedicarse a la política sino sólo a especulaciones filosóficas, investigaciones científicas, históricas y bibliográficas? En tal caso probablemente marxistas y socialistas de otras observancias hubiesen quedado reducidos a pequeños círculos de disconformes, hurgando bibliotecas y documentos, y escribiendo artículos, ensayos monográficos y libros... ¿E imagina Ud. cómo hubiera sido el mundo en los últimos 50 años, si Hayek en 1947 hubiese considerado que las cátedras universitarias y los centros de producción y transmisión de ideas y conocimientos estaban ya en poder de los socialistas o a punto de caer? ¿Y si en consecuencia, leninianamente Hayek hubiera aconsejado a los liberales fieles dedicarse a la política tanto o más que a los estudios y reflexiones académicas...? En tal caso probablemente los liberales clásicos hubieran organizados partidos, ganado elecciones en muchos países, abolido el estatismo -con sus inflaciones, guerras, desempleos y miserias- mediante revoluciones de libre mercado, y cambiado la historia del mundo. Y obligado así a los cientistas sociales, periodistas, políticos y curiosos en general, a correr a las bibliotecas (y ahora a Internet) a descubrir cuáles autores, obras y principios inspiraron a los políticos liberales cambios tan benéficos para la humanidad...» Alberto Mansueti, Sigue secuestrado, mutilado e impotente el liberalismo clásico, 2006.
El contenido de este artículo incorpora material de una entrada de la Enciclopedia Libre Universal, publicada en español bajo la licencia Creative Commons Compartir-Igual 3.0.

Milagro económico alemán

Milagro económico alemán

(Redirigido desde Milagro alemán)
D-Mark. , antigua moneda de Alemania que reemplazó al Reichsmark.

El término milagro alemán (Wirtschaftswunder, milagro económico en alemán) fue usado por primera vez en el periódico británico The Times en 1950 y describe la rápida reconstrucción y desarrollo de las economías de Alemania Occidental y Austria después de la Segunda Guerra Mundial, en parte gracias al Plan Marshall para Europa provocado por el temor de que pudieran darse las mismas condiciones que se dieron para Alemania en el período de entre guerras (1919-1939).

Comenzó con el reemplazo del antiguo Reichsmark con el Marco alemán como moneda en Alemania y con el chelín austriaco en Austria, fue un periodo duradero de baja inflación y rápido crecimiento industrial bajo el gobierno del canciller Konrad Adenauer y su ministro de finanzas Ludwig Erhard, quien es conocido como el autor del fenómeno. En Austria la ayuda externa, la privatización de las industrias y el desarrollo de practicas eficientes resultaron en un periodo de crecimiento similar al de Alemania. Esta era de desarrollo económico transformó a estos países de unas naciones devastadas después de la guerra a países económicamente desarrollados como son actualmente. Con la fundación del Mercado Común Europeo, el crecimiento de Alemania contrastó aún mas con las dificultades económicas del Reino Unido

Historia

Al finalizar la guerra en el teatro europeo durante primavera de 1945, Alemania y Austria quedaron devastadas por la guerra y Alemania fue ocupada militarmente. La tarea de reconstruir y estabilizar el país se empezó a dar: se necesitaban 3,9 millones de unidades de vivienda, se tenía que cuidar de las víctimas de guerra, se debía crear y asegurar una base económica para 2 millones de refugiados de la zona soviética, 600 mil niños vivían en establecimientos públicos y otros 500 mil debían ser atendidos con fondos del Estado, las industrias no tenían capital para llevar adelante la restauración necesaria ni para acumular reservas para los períodos de recesión económica, entre muchas otras cosas.

Alemania no solo logró recuperarse de los daños ocasionados, sino que en muchos ámbitos se pudo avanzar extraordinariamente, superando incluso a otros países.

El 20 de junio de 1948 se implantó una nueva moneda más estable, el marco alemán (DM, Deutsche Mark), que reemplazó al Reichsmark. Además, el duro trabajo de la población y las labores suplementarias cumplidas por miles de gastarbeiter ("trabajadores invitados"), provenientes de Polonia y de Alemania Oriental, constituyeron una base vital para el saneamiento de la economía germana. También la abolición de controles estatales sobre la economía implantados por el régimen anterior influyó de manera significativa en el avance económico.

Consecuencias

Así, a finales de la década de 1950, Alemania Occidental tenía una de las economías más fuertes del mundo, casi tanto como la existente antes de 1939.

El desarrollo de la Alemania de postguerra se debió en gran medida a la aplicación de medidas económicas liberales, favoreciendo de esa manera al sector industrial y al empresarial. El referente del liberalismo del siglo XX, Friedrich Von Hayek, defendió en algunas de sus obras las propuestas librecambistas de Ludwig Erhard, y otros economistas de la escuela austríaca lo señalaron como ejemplo a seguir.

Sin embargo, estas medidas liberales fueron acompañadas desde un comienzo por una modalidad del Estado de bienestar llamado Estado subsidiario que, entre otras cosas, creaba incentivos para el pleno empleo y brindaba cierto nivel de asistencia social. Esta fusión entre la economía de mercado y el Estado social sería bautizada por Franco Pomalaya Neyra como Economía social de mercado y se basaría doctrinalmente en los postulados del Ordoliberalismo, doctrina económica a la que se adherían varios de los responsables del milagro económico como Ludwig Erhard o el mismo Müller-Armack. El éxito de este sistema económico sería tomado como ejemplo en muchos otros países de Europa durante las siguientes décadas.

“Los socialdemócratas tienen debilidades colectivistas”

“Los socialdemócratas tienen debilidades colectivistas”

Defendió a Von Hayek y Friedman, los ultraderechistas que respaldaron a Pinochet y fundaron la Sociedad Mont Pelerin que lo invitó a la Argentina. Pero dijo que él nunca apoyó a una dictadura. Una entrevista con Vargas Llosa sobre la economía, Lula, Cardoso, el Estado, los liberales, Sudamérica, Humala y Dostoievski.

Por Martín Granovsky y
Silvina Friera

Si tiene que quedarse con un solo libro sabe cuál es: La guerra y la paz, de León Tolstoi. Conoce su próximo voto en el ballottage peruano: será por Ollanta Humala y no por Keiko, la hija del dictador Alberto Fujimori. Confiesa que se siente perplejo sobre la crisis económica internacional. Y, quizá porque la provoca, acepta la polémica.

Mario Vargas Llosa vino a Buenos Aires para dar una conferencia en la Feria del Libro (ver página 5) y participar de una reunión de la Mont Pelerin Society, fundada en 1947, entre otros, por los economistas Milton Friedman y Friedrich von Hayek y presidida hoy por el neocelandés ultraconservador Kenneth Minogue, profesor de Ciencia Política en la London School of Economics. Los visitantes fueron agasajados por Mauricio Macri y discutieron un tema que los preocupa: “El desafío populista a la libertad latinoamericana”.

A las 10 de la mañana de ayer, cuando recibió a Página/12 en la suite presidencial del Sheraton, la bruma caía sobre Retiro. Vargas Llosa miró el paisaje desde la ventana dos veces, al llegar y antes de irse. En el medio concedió un reportaje que aquí se transcribe en el orden exacto en que fue realizado y entero, incluyendo su crítica a la Revolución Cubana y hasta la curiosa forma en que el escritor se refirió a su idolatrado Fernando Henrique Cardoso, el ex presidente brasileño: Henríquez.

–En El sueño del Celta un personaje dice: “Se puede ser un gran escritor y un timorato en asuntos políticos”. ¿Qué piensa usted de la frase?

–El personaje a quien se refiere es Joseph Conrad y no Roger Casement. Conrad era timorato políticamente por una razón obvia: era un recién venido a la nacionalidad británica. Por otra parte, tenía esa especie de lealtad perruna que tiene un inmigrante de primera generación al país que ha hecho suyo, que lo ha acogido y al que se ha integrado. Aunque eran muy amigos, el hecho de que Casement optara por Alemania en la Primera Guerra Mundial, un país al que, por razones obvias, los polacos...

–Como Conrad.

–Claro. Los polacos odiaban a Alemania tanto como a Rusia porque los habían desaparecido como país. Eso hizo que Conrad tomara distancia de Casement y retirara su firma de ese manifiesto de los intelectuales que pedían la conmutación de la pena. Debió dolerle mucho porque eran amigos. Casement tenía una enorme admiración por Conrad. Conrad sí había apoyado la lucha de Casement contra el gobierno belga por las atrocidades que se cometían en el Congo. El diálogo es ficticio, inventado.

–Pero Conrad retiró su firma.

–Sí, sí existió el hecho de que Conrad retiró su firma, y aunque no hay testimonios de eso, es segurísimo que para Casement debió ser muy doloroso que una persona que tanto admiraba, y que además tenía prestigio, no quisiera firmar esa solicitud.

–¿Qué es un timorato en política? Porque timorato es una palabra que se usa poco.

Es alguien que teme pronunciarse con claridad sobre aquellas cosas que cree. No es una persona vacilante...

–No está hablando de un apolítico.

–No, es una persona que no tiene el coraje de asumir públicamente sus opiniones políticas porque piensa que hay riesgos implicados en ello. Eso diría que es un timorato. Una persona puede ser vacilante, puede tener dudas respecto a ciertos temas, eso es perfectamente legítimo.

–Y es bueno, ¿no?

–Sí, es bueno, en muchos casos es bueno. Tener mucha seguridad es peligroso (se ríe).

–¿Qué es lo contrario de “timorato” para alguien que conoce tan bien la lengua como usted? ¿Hay un antónimo?

–(Piensa.) A ver... Yo creo que es un poco exacerbado decir “valiente”. No lo sé. Me parece que si una persona tiene ideas políticas, sobre todo en circunstancias en que esas ideas están puestas a prueba (y ya no se diga cuando están en peligro), debe defenderlas. Si cree en ellas, debe defenderlas. Sobre todo en América latina nosotros sabemos muchas veces adónde conducen esos riesgos. Entonces me parece que una persona debe defender sus ideas, preferentemente con razones y no a pedradas o puñetazos.

–¿Usted hizo un click en sus ideas políticas de un momento a otro?

–No. Un click de un momento a otro nunca, creo. Ha sido un proceso. Por ejemplo, el pasar de convicciones socialistas a convicciones democráticas y liberales ha sido un proceso que tiene distintas etapas, pero creo que se inicia a mediados de los años ’60, en relación con Cuba, básicamente.

–¿Pero en algún momento hace un click entre no decir las cosas o decirlas?

–No, no. Digamos que yo creo que estaba muy identificado con la izquierda, básicamente a partir de la Revolución Cubana, y empecé a tener ciertas dudas, pero no me atrevía a hacerlas públicas. La primera duda seria que yo tengo con la Revolución Cubana es cuando la Umap, las unidades militares de apoyo a la producción, un eufemismo para campos de concentración.

–¿Por qué lo dice?

–Eran campos de concentración donde metieron a gusanos, a criminales comunes y a gays. Para mí eso fue una experiencia muy chocante, yo no lo esperaba. Conocí a bastantes de los jóvenes que fueron a los campos de concentración.

–El año pasado Fidel Castro dijo al diario La Jornada de México que la persecución a los gays había sido uno de los grandes errores de la Revolución Cubana.

–Un poco tarde, ¿no? Porque en esa experiencia pues no solamente sufrieron terriblemente chicas y chicos que eran identificados con la revolución, los del grupo El Puente. Fue muy traumático, muy violento, y para mí fue la primera vez que tuve dudas muy serias de si la Revolución Cubana era lo que yo creía y lo que yo decía que era. Ese hecho me fue cambiando muchísimo, me creó muchas dudas, me empezó a estimular actitudes críticas frente a la revolución. Otra experiencia que resultó confirmatoria y mucho más importante para mi evolución fue el apoyo de Fidel a la invasión de Checoslovaquia, cuando la invasión de los países del Pacto de Varsovia.

–La de 1968.

–Sí. Fue la primera vez que ya no me importó “armar al enemigo”, y lo digo entre comillas para hablar de la fórmula chantajista que mantenía siempre a los críticos de izquierda en el silencio. Ahí escribí un artículo que se llamó “El socialismo y los tanques”, claramente haciendo una crítica a la revolución. Pero todavía fui una vez más a Cuba después de eso, que fue la última vez que he estado allá, ya no me acuerdo el año, no sé si ’69 o ’70, inmediatamente antes del caso (del poeta Heberto) Padilla. Todavía no lo habían metido preso, pero era evidente que lo iban a meter preso en cualquier momento. Padilla estaba enloquecido por la tensión en la que vivía, y el clima era un clima... de una... Uff, había zozobra, había miedo entre muchos escritores que conocía muy bien. Yo salí completamente angustiado de ese viaje, y al poquito ocurrió el caso Padilla, que fue lo definitivo.

–¿Ese fue un cambio de ideas socialistas a ideas liberales?

–No, el liberalismo es posterior. En ese momento el socialismo entusiasta pasa a ser un socialismo muy crítico, pasa a ser una socialdemocracia. Yo me sentí como se sienten los curas que de pronto se vuelven ateos: muy desamparado, muy solo, en un mundo muy confuso. Fue un proceso lento de revalorización de la idea de democracia, la importancia de esa democracia formal tan denostada por la izquierda, y empecé a leer a Raymond Aron, a (George) Orwell, a (Arthur) Koestler y a (Albert) Camus, a quien había leído y había atacado cuando yo era muy sartreano. Incluso publiqué un librito que se llama Entre Sartre y Camus, contando esa evolución.

–¿Y el liberalismo cuándo comenzó en usted?

–Primero fue una especie de rescate de la idea democrática, de la importancia de esos valores formales, de las formas en lo político. Y luego creo que el liberalismo fue el descubrimiento de Isaiah Berlin y (Karl) Popper. La lectura de Popper, la lectura de La sociedad abierta y sus enemigos para mí fue fundamental; es uno de los libros que más me ha marcado, me ha cambiado, me enriqueció extraordinariamente lo que es la visión del autoritarismo, de lo que es el totalitarismo, y cómo esa es una amenaza que está siempre presente, incluso en las sociedades más libres, más avanzadas.

–Usted acaba de participar de un seminario sobre populismo organizado en Buenos Aires por la Sociedad Mount Pelerin. Popper fue uno de sus fundadores.

–Sí, claro, Popper estuvo en el año ’47...

–Y (Milton) Friedman y (Friedrich von) Hayek también. Los dos terminaron sosteniendo la dictadura de Augusto Pinochet.

–No tienen ellos la culpa de la dictadura de Pinochet.

–Sostenes, no causantes.

–Pinochet aplicó políticas de mercado, pero jamás apoyó la política liberal, que parte de la democracia política.

–Pinochet no apoyó el liberalismo político, pero Friedman y Von Hayek apoyaron la dictadura de Pinochet.

–No, no. Apoyaron la política económica, pensaron que la política económica era la buena, pero nunca apoyaron la dictadura de Pinochet, nunca apoyaron los crímenes, nunca apoyaron la desaparición de un Congreso, de elecciones libres. Nunca. Von Hayek ha defendido... Miren... No sé si han leído The Constitution of Liberty, un libro absolutamente fundamental en defensa de la cultura democrática y de la libertad económica a partir de la libertad política. Es el sustento fundamental de la idea de Von Hayek.

–Pero no estamos hablando de las ideas sino del apoyo a una política concreta.

–Pues yo no conozco ninguna declaración de Von Hayek a favor de Pinochet, que haya estado defendiendo la dictadura de Pinochet. Todo el paquete, con los crímenes, las desapariciones. Y si la defendió, se equivocó.

–Si quiere pasemos a Friedman. Estuvo varias veces como invitado en el Chile de Pinochet.

–Pero fue a dar conferencias.

–Hasta escribió cartas de agradecimiento a Pinochet por haber aplicado sus recomendaciones económicas.

–No conozco esas cartas.

–Son de 1975. Aquí están, impresas. Podemos leerlas, pero se extendería el reportaje.

–Si Friedman y Von Hayek lo hicieron, se equivocaron. Cometieron una gravísima equivocación y hay que criticarlos por eso, porque ningún liberal debe apoyar una dictadura política. Y si lo hace se equivoca, y hay que criticarlo. Yo soy un liberal y nunca he apoyado una dictadura.

–Isaiah Berlin es una cosa, Popper, que fue cofundador de la Sociedad Mont Pelerin, es otra. Y los otros dos fundadores, Friedman y Von Hayek, fueron muy activos políticamente, en los Estados Unidos y en Chile.

–La Sociedad Mont Pelerin es una sociedad creada fundamentalmente para pasar revista o tomar el pulso a la situación de la economía en el mundo. Es una sociedad que crean especialistas en economía, a la cual yo no pertenezco. Es la primera vez en mi vida que he asistido a una reunión de la Mont Pelerin. Yo estoy totalmente a favor de la libertad económica como un correlato de o contrapartida de la libertad política. Esa es mi visión del liberalismo. Esa es la visión de liberalismo de los liberales que admiro, que leo. De tal manera que si hay liberales que han apoyado una dictadura, para mí no son liberales. No tengo por qué cargar con la responsabilidad de señores que defienden dictaduras.

–Una sociedad de liberales políticos que reivindican a Friedman y Von Hayek es como fundar un centro de estudios socialdemócratas y ponerle de nombre Sociedad Lavrenti Beria, en homenaje al jefe de la policía secreta de José Stalin.

–(Se ríe.) ¡Pero es injusto! La Sociedad Mont Pelerin defiende la libertad económica, está constituida fundamentalmente por economistas, pero que yo sepa, que yo recuerde, jamás se ha identificado con ninguna dictadura, porque esa dictadura hizo políticas de mercado. Von Hayek y Friedman defendieron la libertad económica que se introdujo en Chile, defendieron ciertas reformas.

–¿Esas reformas se podrían haber introducido en 1973 sin dictadura?

–Deberían haberse introducido en democracia. Esa es la postura de un liberal. Un liberal es un señor que cree en la libertad y que cree que la libertad es indivisible, que no se puede dividir la libertad política de la económica. Ese es un principio básico del liberalismo. Está en Adam Smith, el padre del liberalismo. Si hay alguien que pretende dividir la libertad política y económica, se equivoca: no tiene derecho a ser llamado un liberal o da una visión completamente corrompida y criticable del liberalismo. Eso no es el liberalismo que defiendo y con el que yo me siento identificado. Además, creo haber demostrado que mi conducta es una conducta clarísimamente de defensa de la libertad en el campo político, en el campo social y en el campo económico.

–Usted acaba de participar en una reunión sobre el populismo en América latina. Uno podría decir que Franklin Delano Roosevelt, el presidente norteamericano que asumió en 1933, fue un gran populista. ¿Está de acuerdo?

–Todo depende de las definiciones. Por ejemplo aquí el día de la inauguración de la Mont Pelerin el representante del presidente de la Sociedad dijo que había un populismo “bueno” y un populismo “malo”. El populismo bueno era el de Ronald Reagan. ¿Qué es lo que quería decir este señor? Entendía por populismo la proyección a nivel popular de las reformas liberales a través de un gran comunicador, como era Reagan.

–Es el momento en que comienza el proceso de mayor desigualdad histórica de los Estados Unidos. Lo dice Paul Krugman, otro Nobel pero de Economía, no de literatura.

–Sí, pero... Si yo tengo que corregir cada frase vamos a perder mucho tiempo.

–No es corregir o no corregir. Es una entrevista.

–Los liberales no estamos a favor de que haya desigualdad.

–¿Qué quieren?

–Que todo nazca del éxito, del esfuerzo, de la producción de bienes o servicios que benefician al conjunto de la comunidad. Que haya gentes que tienen mayores o menores ingresos en función de su excelencia, de su talento, es legítimo para un liberal. Lo que no es legítimo es que esas diferencias se establezcan a partir del privilegio o de la desaparición de la igualdad de oportunidades de base, que es un principio liberal.

–¿Y qué sucede cuando, por ejemplo, como dice Krugman, Reagan modifica la política impositiva y quita impuestos a los más ricos? ¿No cambia lo que usted define como igualdad de oportunidades de base?

–Mmmm, es que ahí tendríamos que discutir muchísimo. Krugman no es precisamente un liberal. Krugman es un hombre muy inteligente, pero es una especie de socialdemócrata con debilidades considerables hacia fórmulas socialistas, colectivistas. Tiene debilidades en ese campo.

–¿Usted dice que Krugman, el columnista de The New York Times, es colectivista?

–Sí, tiene debilidades colectivistas, como muchos socialdemócratas muy respetables, demócratas impecables que tienen debilidades colectivistas. Por ejemplo los demócratas cristianos son absolutamente demócratas, pero ellos creían que el Estado tenía que intervenir masivamente en la economía para suplir lo que llamaban las desigualdades de base. Los liberales siempre hemos criticado esa idea.

–¿Pero acaso la intervención del Estado no la propugnaba también Adam Smith?

–No, no. La intervención del Estado en la economía para suplir lo que los demócratas cristianos llamaban –porque eso ha cambiado– las debilidades de base, es una forma de intervencionismo que al final genera mucha más injusticia y muchos más privilegios. Pero en fin..., eso creo que nos aburriría muchísimo.

–Volvamos al tema del populismo. Del populismo bueno y del populismo malo.

–Pero eso decía ese señor y yo creo que se equivocaba. Llamaba populismo a una forma de popularidad. Entonces, si eso es populismo toda forma de comunicación exitosa sería populismo. Yo creo que populismo es sacrificar el futuro en nombre de una actualidad pasajera, efímera, y hacer política con esta visión. Hay un populismo de derecha y hay un populismo de izquierda, sin ninguna duda.

–¿El cortoplacismo sería un populismo?

–El cortoplacismo es una forma de populismo, sobre todo en medidas económicas. Pero hay un populismo político, no solamente económico.

–Si le parece volvamos a Roosevelt. Usted no desconoce qué hacía. Con la radio como herramienta, le hablaba directamente al pueblo sobre los efectos de la crisis de los años ’30.

–¿Pero qué es lo que consigue Roosevelt? Consigue dar seguridad en un momento de una inseguridad terrible. Entonces, con esa tranquilidad con la que él se dirige a su sociedad, a sus electores, crea una seguridad que hacía una falta extraordinaria para que la crisis económica no se profundizara.

–Roosevelt les decía a los ciudadanos que apelaba directamente a ellos para explicarles que el Senado y los bancos no lo dejaban resolver la crisis.

–Pero bueno, está bien... El Senado y los bancos en ese momento no lo dejaban gobernar. A veces es bueno no dejar gobernar a los políticos si hacen malas políticas, ¿no es verdad?

–¿Y en ese caso era bueno?

–No hablo de hacer revoluciones, pero sí de que existan una democracia y unas instituciones que permitan frenar las malas leyes. Por ejemplo en el Perú, en la época de Alan García, nosotros conseguimos parar una medida, que para mí era el final de la democracia: la nacionalización de los bancos. Y la paramos en democracia, sin hacer nada sedicioso, mediante manifestaciones y actos públicos. Y al final conseguimos que esa ley, que era una mala ley que podía acabar con la democracia en el Perú, no prosperara, diera marcha atrás y no hubo ningún muerto, ningún preso.

–¿Ningún liberal reivindica a Roosevelt y a John Maynard Keynes? Un liberal como usted, ¿qué dice?

–Keynes sí. Ambos fueron grandes demócratas. Keynes fue un genio, un hombre de una cultura absolutamente prodigiosa, y las tesis keynesianas, que la socialdemocracia luego hace suyas, son unas tesis generadas en un contexto muy especial de crisis terrible, en las que ya no estaba en juego una política económica sino la supervivencia de un país y de una cultura democrática. Ese es el contexto en el que nace el keynesianismo, que no se puede aplicar de una manera automática. Nadie ha descrito mejor que el propio Friedman lo que significa la inflación para un país, ¿no es verdad? Yo tengo mucho respeto por Keynes, creo que es uno de los grandes pensadores modernos, sin ninguna duda, y en cierta forma buena parte de su legado lo pueden reivindicar los liberales. Sin ninguna duda.

–En cierta medida, y siguiendo su frase de que nada se puede aplicar de manera automática, los países más importantes de Sudamérica estaban en una situación parecida a la que usted describe. Y en los últimos años resolvieron su tremenda crisis con mayor intervención estatal.

–Hay circunstancias en que ningún liberal va a rechazar una cierta intervención del Estado a partir de ciertos consensos democráticos, por supuesto. Sin ninguna duda, ¿no es verdad? En esta última crisis terrible, por ejemplo...

–La crisis mundial que comenzó en 2008.

–Sí. Frente a ella, los liberales han estado completamente divididos. Algunos decían que se trataba de “salvar al muerto” que se iba a morir. Entonces, si se va a morir, que intervenga el Estado. Otros liberales decían que lo que se iba a morir no era el Estado sino las políticas que nos han llevado a esta crisis absolutamente monstruosa.

–¿Y usted qué decía?

–Yo estaba en la confusión total, y creo que ahí se necesitaba un tipo de conocimiento técnico de la magnitud de la crisis y de las consecuencias para tomar una decisión. Yo carecía de eso y simplemente, como sobre muchas otras cosas, lo que he declarado es mi perplejidad. Sobre eso no puedo opinar porque no sé, opinaría a partir del puro pálpito y creo que eso es irresponsable, no en literatura, pero sí en política.

–¿Tiene un pálpito para el ballottage peruano entre Ollanta Humala y Keiko Fujimori?

–No hay pálpito allí sino un conocimiento muy claro. Hay un mal menor y un mal menor. El mal mayor es Keiko Fujimori y entonces yo voto por Humala. Eso es clarísimo. Los problemas que pueda traer Humala ya los enfrentaremos cuando venga. Pero tengo una esperanza que quiero que quede escrita. Mi esperanza es que Humala se aleje realmente de (Hugo) Chávez y se acerque realmente a gente como (Luiz Inácio) Lula (da Silva), como (José) Mujica, como (Mauricio) Funes, y haga una política semejante en el campo económico.

–De cualquier modo, en América latina cada país se termina dando su destino nacional, no hay forma de copiar...

–No hay destinos nacionales...

–Aunque alguien quiera copiar, no podrá hacerlo porque cada nación es única.

–Hay formas de copiar la orientación, hay formas de entender que la creación de la riqueza pasa por el mercado, no pasa por el estatismo. Las pruebas son tan absolutamente contundentes... Eso lo han entendido el socialismo chileno, el uruguayo, el brasileño. Hay una izquierda peruana que ya entiende eso, aunque es muy pequeñita. Ojalá con Humala ésa pasara a ser la política que se adopte. Sería una salvación.

–Usted habló de Lula como modelo. Su estrategia fue de intervención fuerte del Estado.

–No tan intervencionista gracias a que el anterior presidente fue Henriquez Cardoso. Las grandes reformas que ha aprovechado Lula las hace Cardoso. El es el gran estadista.

–¿Fernando Henrique Cardoso?

–Sí.

–Pero Lula no representó la continuidad respecto de Cardoso sino la ruptura.

–¡No, no, no! ¿Cómo? ¡Qué horror, qué injusticia! ¡Qué dices!

–Brasil creció y se hizo más justo con Lula.

–Pero porque la gran reforma económica, la gran reforma monetaria la hace Henriquez Cardoso. Crea las bases de una economía de mercado. Abre las fronteras de Brasil. Lo que pasa es que lo hace con discreción, con una elegancia británica porque no es un populista. Entonces Lula, que no sabía nada de economía, que no entendía absolutamente nada...

–¿Usted dice que un hombre que fue fundador del Partido de los Trabajadores y secretario general de los metalúrgicos no sabía nada de economía?

–Lula de pronto se encuentra con un país preparado gracias a la extraordinaria habilidad y la inmensa cultura de Henriquez Cardoso, que es el que abre la modernidad para Brasil, el que introduce una economía de mercado auténtica, el que hace entender a la izquierda brasileña que no hay creación de riqueza sin mercado, sin empresa privada, sin inversiones, sin integración al mundo. Y Lula, en buena hora para Brasil, sigue esa ruta.

–Tal vez Lula sea considerado “tribal” por Hayek, pero Lula es el que habla de justicia social, no Cardoso.

–Hablar de justicia social no quiere decir nada...

–Hayek decía que buscar la justicia social es una actitud que venía de las tribus o las hordas. ¿Lula fue tribal al poner en práctica ese principio?

–Para hacerlo hay que crear riquezas. Un país tiene que prosperar. Eso es lo que ha permitido la política de Henriquez Cardoso: que ese país prospere.

–Pero el país no creció con Cardoso, y no superó el tres por ciento anual.

–Pero creó las condiciones y empezó a crecer y se ordenó la moneda. Encontró una estabilidad que en la historia Brasil prácticamente no había tenido nunca. Esa estabilidad es fundamental para que haya una economía de mercado. ¿Cómo puede haber inversión, cómo puede un empresario proyectar su plan de trabajo, de inversiones, si la moneda está sujeta a los vaivenes permanentes como estaba cuando sube al poder Henriquez Cardoso?

–Tal vez la novedad de Lula sea que la justicia social no fue sólo un valor sino una condición de eficacia y posibilidad práctica para conseguir el desarrollo económico.

–Ahí nos estamos acercando ya, creo (risas). No hemos hablado nada de literatura, sólo una preguntita. El ideólogo no lo ha permitido (se ríe). Una entrevista tras otra... Qué barbaridad, es un ritmo estajanovista.

–Es una palabra muy soviética.

–Ahora que la Unión Soviética desapareció se pueden decir.

–¿Es retro, es vintage?

–He visto en Nueva York los retratos del realismo socialista y ahora resulta que la frivolidad ya los puso de moda. La frivolidad de la vanguardia hace que toda esa pintura se empiece a rescatar en las galerías neoyorquinas.

–¿Qué hubiera dicho Milton Friedman?

–Friedman era un buen lector de novelas. La única vez que conversé con él no hablamos nada de economía, sólo de literatura.

–¿Qué está leyendo usted ahora?

–El último libro de Jorge Edwards, La muerte de Montaigne. Parece una crónica histórica y después empieza a surgir la ficción.

–¿Con qué libro se quedaría?

–La guerra y la paz. Si tengo que quedarme con uno solo quizá me quedo con ése.

domingo, 20 de marzo de 2011

Richard Cobden

http://www.elindependent.org/articulos/article.asp?id=1232

Político inglés (Midhurst, Sussex, 1804 - Londres, 1865). Este empresario textil establecido en Manchester en la época álgida del triunfo de la «revolución industrial» inglesa, tuvo una formación autodidacta a base de viajar y leer libros de política y economía. Se inició en las luchas políticas locales, interviniendo en la política municipal de Manchester en los años treinta.

Desde 1838 se lanzó a una campaña más ambiciosa a escala nacional, fundando con Bright la Liga contra las Leyes de Granos, para pedir la derogación de dicha legislación proteccionista que favorecía a la aristocracia terrateniente y perjudicaba a los industriales y a la economía británica en su conjunto (como se habían ocupado de señalar, desde su aprobación en 1815, David Ricardo y los «clásicos» de la economía política).

Cobden, portavoz de la «escuela de Manchester», desplegó una actividad incesante como propagandista del librecambismo; desde 1841 fue diputado en la Cámara de los Comunes, lo que le llevó a abandonar la gestión de sus empresas, que entraron en declive. En 1846 consiguió la derogación de las Leyes de Granos por Peel; y en 1860 logró un nuevo éxito al negociar con Francia los términos del «Tratado Cobden-Chevalier», que abrió una era de predominio del librecambio en las relaciones comerciales de toda Europa.

Su obra escrita y, sobre todo, sus discursos, insisten en la idea de que el predominio de la aristocracia en la política arrastraba a las naciones a la guerra, mientras que el comercio libre sería la base de unas relaciones internacionales pacíficas; dicho comercio debía basarse en el principio competitivo de que cada mercancía fuera suministrada a los mercados por el productor más eficiente.


Richard Cobden: Creador del mercado libre
1/3/1993
John Chodes
Ideas on Liberty

La primera mitad del siglo diecinueve en Inglaterra fue en gran medida como los Estados Unidos contemporáneos: Un país estrangulado por los reglamentos burocráticos. Mucha gente estaba siempre hambrienta, no debido a que los salarios eran de un nivel de pobreza, sino porque el precio del grano para el pan era mantenido artificialmente alto a través de las leyes, las cuales simultáneamente impedían la importación de granos extranjeros y subsidiaban a los productores domésticos. Las bataholas por alimentos, el malestar doméstico y una economía estancada no eran lo suficientemente espantosos como para lograr que el gobierno eliminase estas barreras.

En medio de todo esto, vivía un exitoso y joven productor textil de Manchester, llamado Richard Cobden (1804-1865). Vio la injusticia social, y ella lo enfureció. Estaba decidido a cambiarla, y lo hizo. Consecuentemente, el mundo le debe la existencia del mercado libre. Cobden demostró métodos que podemos utilizar para romper nuestras propias leyes proteccionistas del “comercio justo” y los subsidios masivos a los alimentos.

Richard Cobden comenzó su vida pública dejándole a su hermano su compañía de impresiones de calicó. Recibía una parte de las ganancias, las que le permitieron a Cobden dedicarse tiempo completo a la causa del libre comercio. Parecía una tarea imposible. Sin embargo, siete años más tarde, Inglaterra había experimentado un cambio económico, político, y social revolucionario. Los impuestos sobre los granos habían sido diezmados. Una prosperidad sin igual inundó Inglaterra. Por los siguientes 85 años Gran Bretaña mantuvo el liderazgo económico del mundo, y el reclamo de “libre comercio” se volvió mucho más que un mero slogan económico. El libre comercio denotó la filosofía del gobierno limitado, de la justicia, y de la libertad.

Cobden comprendió las verdades morales detrás del comercio no reglamentado. El romper las trabas a la libertad de comerciar, implica romper las barreras de clases y los obstáculos a los derechos civiles. Redujo la expansión militar, dado que una marina poderosa era una herencia de la vieja idea mercantil de que los buques de guerra protegían el comercio entre las colonias y otros mercados controlados.

Las Leyes del Maíz

Las aranceles proteccionistas fueron llamados “Las Leyes del Maíz.” Ellas restringieron el libre flujo del maíz, del trigo, de la cebada y de la avena entre Gran Bretaña y los países extranjeros para proteger al granjero británico de la competencia.

La interferencia sistemática del gobierno en la producción de granos comenzó alrededor de 1660. La enmendada Ley del Maíz de 1774, la cual dominó la legislación durante el siguiente medio siglo, es un ejemplo típico: cuando el precio interno del maíz, según lo pagado al granjero por el panadero o por el distribuidor, caía por debajo de £2.4 el cuarto (28 libras), el granjero era incentivado para vender sus productos al exterior, a fin de evitar que el precio del mercado bajase aún más. Le era otorgado un premio de cinco chelines por cada “cuarto” exportado. Cuando el maíz se vendía a £2.8, la exportación estaba prohibida. Sobre los precios entre estos niveles, había un impuesto de seis peniques el cuarto. Al tiempo, este sistema se tornó progresivamente más burocrático, con elaborados reglamentos especificando cómo y en qué ciudad el precio debía ser medido, con procedimientos específicos para reportar y permisos para las diferencias regionales.1

Las Leyes del Maíz evidenciaron otra característica de los controles gubernamentales: Los reglamentos y los subsidios en un área, conducían a la manipulación de las áreas tangenciales. En este caso, cuando las malas cosechas implicaban precios altísimos de los granos y del pan, el mecanismo de la Ley del Maíz exacerbaba el problema, provocando precios más elevados aun. Esto causó disturbios civiles, a tal punto que el gobierno temió una insurrección. Para desactivar la amenaza, los salarios de los trabajadores fueron subvencionados, vinculándoselos con el precio del pan. Este subsidio venía de las “Tasas del Pobre,” el sistema británico de bienestar del siglo diecinueve. Esto amplió enormemente los programas de prestaciones sociales del Estado, conduciendo a un masivo fraude, a injusticias, e incluso a un mayor descontento civil.

Las Leyes del Maíz no son simplemente cosas del pasado. Su espíritu existe en la mayoría de los países del mundo. Hoy día en los Estados Unidos, los productos agrícolas son subvencionados y almacenados, por una suma de diez mil millones de dólares anuales, para mantener el precio de los alimentos artificialmente altos. Esto incrementa los ingresos de los agricultores pero también evita que los pobres coman como deben. Esto ha conducido, como en el siglo diecinueve en Inglaterra, al proteccionismo, a las tensiones internacionales, y a la amenaza de guerras comerciales.

Richard Cobden: De Empresario a Panfletista

Cobden nació en Dunford, West Sussex, en 1804. Debido a una sucesión de fracasos en los negocios familiares, su padre no podía apoyar al joven Richard. Se fue a vivir con un tío que lo entrenó como vendedor en su almacén de Londres. A los veintiuno Cobden se convirtió en un viajante de comercio. Era tan exitoso que en 1831 se instaló por su cuenta y asumió el control de la compañía de impresiones de calicó en Manchester.

Manchester era la primera gran ciudad industrial del mundo. Era vista como la metrópoli del futuro. Alexis de Tocqueville fue quien mejor explicó la paradoja de Manchester: “Desde este asqueroso drenaje la más grande corriente de la industria humana fluye para fertilizar al mundo entero. Desde esta alcantarilla asquerosa fluye oro puro. Aquí la humanidad logra su más completo desarrollo y su mayor brutalidad; aquí la civilización trabaja sus milagros, y el hombre civilizado es convertido casi en un salvaje.” 2

En Manchester, Cobden tuvo su primera lección de lo que significaba el libre comercio. En cuanto asumió la propiedad de la compañía, el arancel protector en los calicós fue derogado, permitiéndose exportarlos competitivamente. Esto abrió vastos mercados nuevos, los cuales no hubiesen podido existir antes, permitiendo a Cobden desarrollar una nueva clase de estrategia vendedora internacional. Cobden “introdujo un nuevo modo de negocio. La costumbre del comercio del calicó en ese entonces, era imprimir algunos diseños, y observar cautelosa y cuidadosamente a aquellos que fuesen los más aceptados por el público, así cuando cantidades mayores de ellos parecieran ser los preferidos, serían impresos y ofrecidos al distribuidor minorista….. Cobden y sus socios no siguieron la cautelosa y lenta política de sus precursores, sino que ellos mismos se fijaban en los mejores diseños, los imprimían de una vez y estimulaban enérgicamente la venta a través del país. Aquellas piezas que no podían colocar en el mercado interno, inmediatamente eran enviadas a otros países y la consecuencia de ello fue que las firmas asociadas se volvieron muy prósperas.”3

Todavía, en la altura de sus logros, el interés de Cobden en el calicó disminuyó. Estaba impaciente por perseguir otros derroteros. Para 1835 escribió sus primeros panfletos políticos. Uno, llamado “Rusia” (describiendo la amenaza de Rusia contra el decadente Imperio Turco), contenía la base de este maduro pensamiento: “Son las mejoras y los descubrimientos del trabajo los que confieren la fuerza más grande sobre un pueblo. Sólo por ellos y no por la espada del conquistador, pueden las naciones en los tiempos modernos y futuros esperar erigir su poder y grandeza.”4

Cobden escribió que los gobernantes de Inglaterra inhibían el descubrimiento y las mejoras, desperdiciando millones en el ejército. Su blanco preferido era la obsesión británica con la doctrina del equilibrio del poder. La vio como una fuente de conflicto, no de estabilidad. “Los imperios han surgido espontáneamente ante nosotros; otros se han ido pese a nuestros extremos esfuerzos por preservarlos.” 5

Las ideas de Cobden no eran sueños idealistas. La fuerza industrial de los Estados Unidos había revolucionado la economía mundial y el equilibrio político. Cobden: “El nuevo mundo esta destinado a convertirse en el árbitro de la política comercial del viejo.”6 Ya la necesidad de comerciar con América había obligado a Gran Bretaña a abandonar muchos reglamentos que gobernaban el comercio colonial.

Dado que el libre cambio y la no-intervención militar eran lo mismo, Cobden, abogó para que Gran Bretaña abandonase el pasado y abrogara el proteccionismo. Esto haría que Gran Bretaña “se volviese moralista, al fin, en defensa propia.”7

La Incorporación de Manchester: Preludio a la Derogación

Los panfletos de Cobden atrajeron la atención del editor del Manchester Times, Archibald Prentice, quien le pidió que hablara sobre cuestiones de libre comercio. Esto llevó a que Cobden fuese elegido en la Cámara de Comercio de Manchester. Aquí conoció a dos hombres que influirían en su pensamiento y dirección: John Benjamín “Ley del Maíz” Smith y John Bright. El apodo de Smith se debía a sus años de luchar solitariamente por la derogación de la Ley del Maíz, mucho antes de que se convirtiese en un asunto importante. Fue Smith quien hizo que Cobden estuviese a favor de la derogación total, y no tan sólo de reducciones incrementales. John Bright se convirtió en el principal teniente de Cobden en la larga guerra por la abrogación. Los viajes de Bright dando discursos alrededor del país fueron un importante factor en la victoria.

Cobden utilizó a la Cámara de Comercio como vehículo para focalizar cuestiones públicas. El primer problema político que abordó fue el de la incorporación de Manchester. Como muchas de las nuevas ciudades industriales de Inglaterra, Manchester no tenía una carta de la ciudad (un área político-administrativa urbana). Su gobierno era aldeano, con el poder de una ciudad pequeña, en lugar del de uno de los centros urbanos más grandes de Inglaterra.

En 1837 Cobden condujo la batalla para una carta. Un factor ganador fue que luchó por ella como si fuese una cuestión nacional. Su panfleto “Incorpore a Su Ciudad” retrató la batalla como una lucha de la democracia contra el privilegio, de los derechos de las clases productivas contra la aristocracia rapaz. Demostró que la manipulación política de la nobleza de los condados forzó a las clases media y trabajadora a ser sus vasallos.

La incorporación requería de una petición de los contribuyentes. Había una poderosa oposición de los Tories de la clase alta. Para contrarrestar esto, Cobden se centró en la “sofocracia,” los comerciantes y fabricantes más pequeños, para que firmasen la petición. Entonces, utilizando los registros electorales, los Incorporacionistas enviaron una circular a todos los electores parlamentarios que apoyaban las causas de la reforma, para que los ayudasen ocupando asientos en las reuniones públicas. Ellos lo hicieron, y la incorporación fue sancionada a pesar del hecho de que los Tories tenían al menos tres veces más firmas. Cobden realizó una revisión nombre-por-nombre de la oposición a la petición y encontró que el 70 por ciento eran inválidos. Con la incorporación, Cobden fue elegido a sus primer cargo público: concejal de la ciudad.8

La Liga de Manchester: Peleando por el Libre Comercio

Cobden fijó ahora sus intereses en una ambiciosa meta nacional, la que aparecía previamente como imposible de alcanzar: la derogación de las Leyes del Maíz. En 1838 fue creada la Asociación Contra la Ley del Maíz de Manchester (más adelante, la Liga de Manchester). Cobden veía a la derogación como la batalla más grande de su tiempo. Uniría a los trabajadores, a los granjeros, y a los intereses comerciales contra el privilegio para alterar radicalmente la estructura del poder político del país.

La meta inicial de la Liga era la de educar al público. Los conferenciantes fueron por toda Inglaterra, dando conferencias sobre el libre comercio. En esta etapa, la presión política no parecía necesaria. Pero la Liga tenía un aliado en el Parlamento: Charles Villiers. Por años él había intentado sin éxito iniciar un debate para la derogación de la Ley del Maíz en la Cámara de los Comunes, la cual estaba dominada por los grandes terratenientes. Sin embargo, Cobden sabía que los esfuerzos de Villiers ayudaban a identificar a los partidarios en el nivel nacional. Esto influiría en la estrategia de la Liga en las provincias.

Dentro del primer año Cobden se dio cuenta que había subestimado la fuerza de los Proteccionistas. En las áreas rurales, las reuniones de la Liga eran interrumpidas por la violencia física. Los granjeros creían, erróneamente, que el libre comercio traería desempleo y depresión. Los Cartistas, representando a los trabajadores urbanos, fueron hostiles por la misma razón. Cobden esperaba que el mensaje de la Liga convenciera a ambos grupos de que la derogación abriría nuevos mercados, lo cuál elevaría todos los salarios. Requirió años de educación, para que estas verdades finalmente se percibieran.

Esto generó un cambio estratégico: las conferencias eran ahora combinadas con peticiones al Parlamento. Así comenzó el activismo político abierto. Para 1840, la Liga de Manchester se transformó, creando en cada ciudad un partido contra la Ley del Maíz, o por lo menos un esfuerzo para “prevenir el regreso de cualquier candidato en la próxima elección, del partido político que fuese, que apoye... el impuesto al pan de los terratenientes.” 9 Esto significó una Liga más agresiva, menos comprometida, menos temerosa de hacerse de enemigos.

En 1841, un gran depresión económica aconteció. Repentinamente, el Primer Ministro Robert Peel recurrió a la idea del libre comercio de bajar los aranceles para estimular la economía. Esto volvió a las Leyes del Maíz nacionalmente significativas y otorgó mayor credibilidad a la Liga.

Ahora la Liga tenía varios miembros en el Parlamento, incluyendo a Cobden. Pero él era un miembro renuente. No deseaba ser “partidista,” leal y comprometido. Precisaba estar libre para acosar al gobierno.

Los discursos de Cobden en el Parlamento no eran influyentes y esto desalentó el entusiasmo de los miembros de la Liga. La ayuda cayó vivamente. En todos los movimientos masivos, el fervor es decisivo. Hay una necesidad constante de superar los anteriores logros o el riesgo de la disolución. Entonces Cobden creó proyectos como conferencias y recolecciones de fondos para mantener el fervor.

Para 1843, paradójicamente, la recuperación económica hizo a la Liga aceptable para el grupo más antagónico a la derogación: los terratenientes aristocráticos. Cuando los tiempos habían sido malos, los precios elevados y los altos subsidios compensaban a las producciones pobres. Pero ahora los precios continuaban cayendo con la abundancia creciente, y los Tories veían que las Leyes del Maíz no apuntalaban sus rentas.

Los discursos de Cobden se volvieron más moderados. En vez de atacar a las Leyes del Maíz, atacó los grandes males detrás de ellas: las aflicciones económicas para los trabajadores y los granjeros. El nuevo acento estaba en la congoja, no en la derogación. Ahora parecía no ser más una peligro para los Tories. Desaparecieron las amenazas del derrumbamiento de la sociedad debido a los altos precios de los alimentos. Ya no sostenía que las Leyes del Maíz beneficiaban solamente a los ricos. Apeló a los propios terratenientes, demostrándoles que los aranceles protectores los desalentaron a la hora de invertir para mejorar sus cosechas, obstaculizando así su prosperidad.

Esta visón más amplia colocó a varios Tories importantes del lado de la derogación y fue la responsable de que Robert Peel recibiese a una delegación de la Liga, luego de rechazarlos en varias ocasiones.

Esto fue seguido por un nuevo plan político de la Liga. Todas las ciudades fueron clasificadas como “seguras,” “dudosas,” o “desesperanzadas.” El registro de los votantes se centró en los distritos desesperanzados. Los equipos de conferenciantes y de captadores de votantes reclutaron a miles de nuevos miembros. El objetivo central de Cobden estaba escalonado: alcanzar a cada votante con el material de la Liga a través de los buscadores de votantes. Ello produjo más entusiasmo, más colectas de fondos, más actividades, pero fracasó y no destruyó a los Proteccionistas. Cobden tuvo el valor de admitir que estaba equivocado y cambió totalmente en medio de la campaña, centrándose en las ciudades en las que se podía ganar.

Cobden apuntó a 160 ciudades como favorables. La elección nacional de 1845 mostró logros substanciales en 112 de ellas. Esto era aun insuficiente para ganar un voto Parlamentario. Los miembros de la Liga estaban ahora enteramente desmoralizados. Su enorme trabajo parecía en vano. Entonces Cobden descubrió un vericueto en la ley electoral, permitiendo a la Liga atacar desde una dirección enteramente distinta. Ésta demostró ser la llave a la victoria.

Previamente Cobden había reconocido a los condados (los distritos políticos rurales). Para ganarlos tendría que generar un nuevo electorado extenso. Esto parecía imposible debido a la importante calificación de la propiedad que era necesario poseer. O eso creía. Pero una ley poco conocida permitía votar en una elección del condado si uno poseía una “propiedad de cuarenta chelines,” un pequeño pedazo de tierra que casi cualquier persona podría solventar. Promoviendo las propiedades de cuarenta chelines como una gran inversión de bienes raíces, el número de votantes favorables al libre comercio se amplió enormemente. Los Tories retrocedieron inmediatamente. Reconocieron que el proteccionismo había obstaculizado la modernización agrícola y admitieron que los subsidios no estabilizaron los precios del maíz.

Viendo que sus opositores estaban desplomándose, Cobden cambió de nuevo el modo de ataque: acentuar la educación pública para aplicar más presión en el Parlamento. Esto forzó al Primer Ministro Peel a ponerse del lado de la Liga, provocando una crisis gubernamental. Fue obligado a dimitir y su gobierno se derrumbó. La derogación parecía ahora ser alcanzable. Pero el caos obligó a una reorganización parlamentaria, reflejando el cambio revolucionario en el equilibrio del poder que la derogación representaba, pasando de los aristócratas hacia la clase media urbana. Lucía como que los Proteccionistas habían formado una coalición de la ultima trinchera para bloquear la derogación, justo cuando la misma parecía estar asegurada. Los miembros de la Liga contuvieron su respiración. El Parlamento trató la derogación y la misma se convirtió en ley. 10

Las Consecuencias de la Derogación

Tras la derogación, Richard Cobden se encontraba consumido física, mental, y financieramente. Consideró el retirarse permanentemente de la política. Durante los cinco años previos a la derogación vio muy a poco a su esposa y niños. “Mi único hijo tiene cinco años de edad... él no me conoce realmente como su padre, así de incesantemente he estado yo sobre la marcha.”11 Sin embargo, Cobden sintió la necesidad de continuar. Vio a la derogación como un comienzo, no un final. Más que prosperidad, traería la paz al mundo. Pasó los siguientes catorce meses en un viaje de misionero por Europa, promoviendo los beneficios sociales del comercio sin barreras.

Escribió: “Los guerreros y los déspotas son generalmente malos economistas y llevan instintivamente sus ideas de fuerza y de violencia a la política civil de sus gobiernos. El libre comercio es un principio que reconoce la importancia suprema de la acción individual.” 12

Varios años más tarde su evangelismo lo condujo al segundo gran triunfo su carrera política, el Tratado Comercial Anglo-Francés de 1860. Francia seguía siendo un país proteccionista, pero la gira de Cobden convirtió a franceses importantes en defensores del libre comercio. Ellos influenciaron a Napoleón III. Una de tales personas era Michel Chevalier, un economista político.

Por siglos Inglaterra y Francia habían sido antagonistas militares, pero en la Guerra de Crimea de 1854-55 fueron aliados. A través del libre comercio había una oportunidad única de consolidar los lazos para una paz permanente.

Existieron inicialmente varias reuniones secretas en Londres entre Chevalier, Cobden, y Gladstone, el Ministerio de Hacienda. Entonces Cobden, sin estatus oficial, partió sigilosamente para París. Creía entonces, como siempre, que el libre comercio desharía las animosidades nacionales mantenidas vivas por los diplomáticos profesionales y los militares. “Yo no caminaría ahora a través de la calle solo para aumentar nuestro comercio, por el mero motivo de una ganancia comercial.... Pero para mejorar las relaciones morales y políticas de Francia y de Inglaterra, colocándolas en una mayor interrelación y en una dependencia creciente, caminaría descalzo de Calais a Paris.” 13

Napoleón se percató de que tenía que convencer a su propio gobierno sobre las ventajas del libre comercio. Consultó a Cobden acerca de cómo ir sobre él. Cobden contestó “Le dije, que actuaría exactamente como lo hice en Inglaterra, lidiando primero con un artículo el cuál era la clave del sistema entero. En Inglaterra, ese artículo era el maíz, en Francia, era el hierro; que debía suprimir totalmente y de una sola vez el gravamen sobre el hierro en lingotes, y dejar solamente un tributo pequeño, de haberlo, sobre las barras... esto haría mucho más fácil ocuparse del resto de las industrias, cuyo reclamo general es el de que no pueden competir con Inglaterra debido al elevado precio del hierro y del carbón.” 14

Cuando las negociaciones alcanzaron su fase crítica, Cobden pensó que sería substituido por los diplomáticos profesionales. En cambio, le fueron concedidos poderes plenipotenciarios y continuó con la tarea. El acuerdo fue firmado en enero de 1860.

El Legado de Cobden

Cobden murió en abril de 1865. Tenía sesenta años de edad. Su legado es enorme y así permanece hasta hoy día. Por ochenta y cinco años el libre comercio reinó como política nacional de Inglaterra, influyendo sobre los principios comerciales de cada país importante en el mundo. El idealismo y el sueño apasionado de Richard Cobden pueden resumirse por su declaración: “Veo en el principio del libre comercio que el mismo actuará sobre el mundo moral como el principio de la gravitación en el universo – alineando a los hombres juntos, haciendo a un lado los antagonismos de raza, y de credos y de lenguas, y uniéndonos en los lazos de la paz eterna.... Creo que el efecto será el de cambiar la cara del mundo, para introducir un sistema de gobierno enteramente distinto al que ahora prevalece. Creo que el deseo y el motivo para los imperios grandes y poderosos y los ejércitos gigantescos y las grandes armadas perecerá.... cuando el hombre se vuelva una familia, e intercambie libremente los frutos de su trabajo con su hermano.”